La primitiva catedral románica de El Burgo de Osma del siglo XII, de la que quedan interesantes restos en el claustro -y en especial en la ventana de la sala capitular-, fue sustituido por la catedral gótica que se edificó en el segundo tercio del siglo XIII siguiendo el esquema de las iglesias monacales cistercienses como las de Las Huelgas de Burgos o la de Santa María de Huerta. Las aportaciones y transformaciones que se hicieron a lo largo del tiempo no modificaron sustancialmente la concepción unitaria de esta arquitectura. La planta, de tres naves y cinco tramos, se amplía a partir del crucero con otras dos naves más que remataban en cinco capillas absidiales. En el siglo XVIII se eliminaron las dos capillas inmediatas al presbiterio con el fin de ejecutar una nave en torno a la capilla mayor, una giróla, que comunicaría con la sacristía y la capilla de La Inmaculada.

 

En el siglo XVI se sustituyó el claustro por otro de elegantes tracerías tardogóticas, y más tarde, se construyó una capilla dedicada a San Pedro de Osma sobre la sala capitular, rematando el crucero con una imponente y rica fachada de la que destaca el acceso doble que nos trae el recuerdo de la Escalera Dorada de Diego de Siloe en la catedral de Burgos. Con esta intervención se introduce una doble axialidad en el templo. También renacentista es la capilla de Santiago, que ya estaba casi terminada en 1533 y que remata el final de la nave de la epístola, flanqueando la portada occidental de San Miguel, junto a la gran torre barroca que domina el perfil de El Burgo de Osma. Ésta sustituyó a la torre medieval que se hundió en 1734.

 

A mediados del siglo XVIII y como consecuencia de las deficiencias que presenta la fábrica de la catedral, se solicita informe de varios arquitectos. Ventura Rodríguez aconseja derribarla y sustituirla por un templo clasicista que, variando la orientación del presbiterio, mantenía la torre recién realizada, se ajustaba al perímetro del templo medieval y resolvía la conexión del crucero con el claustro, al tiempo que creaba una pequeña plaza en el acceso de los pies, a la que abría el inmediato palacio episcopal. Pero el terremoto de Lisboa no afectó a la catedral de El Burgo de Osma, por lo que los argumentos que defendían la renovación del edificio fueron desestimados y se optó por conservarlo y llevar a término tan sólo acciones puntuales, que ya habían concluido en 1759.

 

En el último tercio del siglo XVIII se llevan a cabo obras que, por primera vez, van a afectar a la unicidad del templo medieval, al destruir las capillas absidiales inmediatas al presbiterio y ejecutar la giróla, lo que permitía conseguir una segunda vía de peregrinación que conducía a la capilla de La Inmaculada. Estas obras enriquecen el conjunto sin alterar este documento arquitectónico que llega a nosotros auténtico y capazde transmitirnos, con el lenguaje de los sucesivos estilos, buena partede la larga historia de esta diócesis, de la que es centro.